“La momia azteca contra el robot humano” (1958). Crítica y opinión de la película


Robot_momia

Casi siempre vemos que los blogs y demás páginas webs que tienen un espacio para la cinefilia están llenos de artículos acerca de películas buenísimas, que no excepcionales. Sobran recomendaciones del tipo “vayan a verla” o “compren el DVD”, y sobran también críticas constructivas hacia filmes que no son tan buenos. Rara vez se ve cierta orientación frecuente por las películas malas, aunque la razón de esta “omisión” es más que evidente; la industria cinematográfica, tanto la de Hollywood como la del mundo entero, toma los aciertos y desecha los fallos.

No me sorprende por ello que no siempre se hable sobre películas que son para el olvido. Tampoco me causa asombro que La momia azteca contra el robot humano (The Robot vs. The Aztec Mummy, como aparece en las traducciones en inglés, como la que verán más abajo), del año 1958, dirigida por el mexicano Rafael Portillo, sea uno de estos casos particulares del cine latinoamericano que no supo cómo hacer un buen trabajo filmográfico.

Este esperpento de película ya de entrada lo hace mal con su título. ¿Qué diantres tiene que ver una momia azteca con un robot humano? Es más, ¿cómo se digiere eso de la “momia” azteca y del robot “humano”? Pero no crean que sólo juzgo el filme por su portada, porque eso es incurrir evidentemente en un veredicto prejuicioso. Lo hago por el contenido contradictorio que posee, principalmente, en sus dos personajes antagónicos.

Me explico: normalmente se ven peleas de humanos contra robots, bestias y alienígenas, o luchas de robots contra otros robots, e ídem de bestias contra bestias y de aliens contra aliens, mas no entre una momia-zombie y un robot que, por cierto, es también un ser humano al mismo tiempo. Es decir, sabemos quiénes se baten en un duelo a muerte, aunque no podemos determinar a ciencia cierta qué es lo que (se supone que) son.

Dicho en palabras más digeribles y menos enrevesadas de filosofía: está clarísimo que en la película de Portillo se pelea una momia con un robot, aunque no puedo estar de acuerdo en que la primera “cosa” sea precisamente una momia, y mucho menos puedo decir que la segunda sea un robot que de paso también es un humano.

Por supuesto, hay un extenso debate sobre los rasgos que distinguen a lo uno de lo otro, y también se ha debatido sobre el significado de lo que es la “humanidad”, pero esos agujeros teóricos no significan que haya que tomarse licencias arbitrarias en la construcción de estos personajes. Menos aún cuando se trastoca la realidad a niveles que no solamente crean un mal entorno de ficcionalización, sino que rondan en lo meramente ridículo. Dejen que me explaye al respecto.

Veamos primero a la momia azteca. El concepto de despertar a un hombre fallecido no representaría un lío en el filme si no fuera porque Portillo calcó la antigua tradición egipcia y la aplicó a la mexicana, como si resultara genial que una civilización prehispánica mesoamericana tuviera los mismos rituales funerarios que la norafricana en la era dorada de los faraones. Si se hubiera puesto una momia sudamericana en su lugar (como las del volcán Llullaillaco, entre Chile y Argentina) se habría mantenido un pelo la coherencia de la película.

Salvando las diferencias, desde luego. Ni por asomo tendría sentido eso de ponerle vendajes al cuerpo descompuesto de un azteca que no es sino una imitación mediocre del Frankenstein de Karloff.

Ahora observemos al robot “humano”. Su solo nombre parece escapar de la típica dicotomía entre una máquina y una persona, al mejor estilo de un cyborg, si bien no se parece a uno, ni actúa como uno, ni piensa como uno. Es más; tampoco “habla” como uno. Ni siquiera tiene una respetable apariencia física que funda ―o medio camufle, como para disimular en alguna medida sus rasgos caricaturescos― la identidad robótica con la humana. En fin, que esa “cosa” de Portillo acaba por ser como el Andrew Martin de Asimov, pero sin cerebro positrónico y sin la más primitiva inteligencia artificial.

Me atrevería a decir que el robot “humano” de Portillo no tiene inteligencia porque no es más que un simple automatón mecánico con brazos, piernas y cara de hombre, si es que se le puede llamar de esa manera.

Pero el peor momento es cuando ambos personajes se juntan para ajustar sus cuentas. La pelea entre los dos, que corresponde a la escena final de la película, es la más simplona que he visto en mi vida; en un instante, la momia aprieta, zarandea y destruye al robot como si éste fuera un maniquí. Así, la máquina, que supuestamente es “humana”, no pasa de ser un ente acartonado muy mal elaborado en comportamiento que refuerza mi tesis en la cual el robot “humano” no es lo que Portillo nos dijo que era.

Una escena adicional que tampoco cabe en la lógica es la ceremonia mortuoria de los aztecas, la cual nos dice cómo Popoca llegó a ser la momia asesina. Cualquiera que haya estudiado la historia precolombina de América se dará cuenta de lo absurdo que es incorporar a un rito indígena una escena de canto tipo “coral”, como si los aborígenes hubieran salido de un conservatorio a la usanza europea. También sabrá que a esta musicalidad inverosímil se le suma el método del enterramiento y quizás hasta el motivo por el cual se realizó el sacrificio humano de la doncella.

A mí por lo menos me consta que las principales víctimas de estos sacrificios eran prisioneros de guerra, no princesas enamoradas del hombre equivocado.

Voy a añadir también que La momia azteca contra el robot humano es insoportablemente aburrida en sus 65 minutos de duración. Para ser una película de aventuras entremezclada con ciencia ficción, no fue lo bastante entretenida y su historia no consigue atrapar la atención más allá de lo que causa la expectación de ver la pelea de dos engendros (uno biológico, el otro mecánico) que no habrían querido verse ni en pintura, la cual no acaece sino hasta el término del filme.

Y esa pelea, como dije, es de lo más rocambolesca.

Me quedaría a discutir sobre los efectos especiales y las actuaciones, pero recuerdo que todo lo demás está mal y se me pasa. Ni el reparto más selecto ni el mejor equipo técnico puede arreglar una película tan desencajada de los hechos y, peor todavía, con tan mala chispa para convertir la resurrección de un azteca difunto en una fascinante historia cinematográfica que posea una ficción con sentido.

En lo que a mí respecta, La momia azteca contra el robot humano obtiene una puntuación de 01/20. En este examen de cine, Rafael Portillo salió terriblemente reprobado.

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